Hilo de arena
William Ospina
Colcultura, Presidencia de la República, Bogotá, 1986.
Así como el amor entra por los ojos. también la poesía necesita mostrarse
adecuadamente para llamar la atención. Hay dos cosas que dejan mal parados a estos poemas
de William Ospina. En primer lugar, la edición de Hilo de arena es modesta (por no
decir pobretona) a pesar de pertenecer a una colección de renombre. Esto no sería un
impedimento para disfrutar la lectura de los poemas si no fuera por cuatro dibujitos que
asaltan al lector a la vuelta de algunas páginas. Sobre el índice descansa un dragón
alado, horripilante (y no por ser dragón). En la página 22 hay una espada misteriosa,
emparentada quizás con el poema América. En la página 40 navega una carabela en
cuya proa distinguimos, en lugar de esas damas de bustos despachados, un pajarraco con
cara de pocos amigos. Y después del poema Una carta para Marie Kayser nos topamos
de lleno con un Sol que no sólo tiene lenguas de fuego sino además ojos y cejas, nariz y
labios.
En segundo lugar, el libro lleva un prólogo firmado por el autor. Tampoco estaría
fuera de lugar este asunto, de no ser porque en dicho prólogo campean los lugares más
comunes del rincón de la poesía. Tratando de definir lo poético, el autor
esgrime esas palabras tan ta ta tan venidas a menos: "misterio", "dádiva
de la poesía", "secreto profundo del espíritu", "sagrada función de
la poesía". Mucho mejor habría quedado el prólogo a la mitad de su primera
oración:
"Los ejercicios literarios que aparecen en el presente volumen son resultado de
muchas opiniones distintas, asumidas y abandonadas en el curso de los años...". Pero
no. La cosa se complica más con una curiosa arenga humanista que induce al poeta a
proclamar que "las convicciones íntimas no pueden ser intervenidas por los estados
ni por las iglesias y ciertamente generan más felicidad que muchas ceremonias
colectivas". De acuerdo. Lo patético es que la edición de este libro es patrocinada
nada menos que por el Estado, y más: por la Secretaría de Información y Prensa de la
Presidencia de la República (como reza la cara posterior de la cubierta). ¿O es que
estas palabras aluden a la Presidencia de aquella República que, según el autor, bien
hace en permanecer secreta, "protegida por una suerte de bruma sagrada"?
Evidentemente, los misterios del lenguaje tienen nombre y apellido.
Cuando uno empieza a leer estos poemas se pregunta de inmediato cómo es que un
señor que pule y mide sus versos y que moldea con paciencia las imágenes, sea capaz de
escribir tal prólogo. Porque los poemas de Ospina, y ya estamos en la salsa, tienen
ciertos jales, ni qué dudarlo. Pero introduzcamos otra arenga: ¡ Desconfiados del mundo,
uníos! Estos poemas nacen a la sombra de Borges y Cavafis. Ahora bien: levantar un
lenguaje que remita perfectamente a tales modelos no deja de tener algún mérito.
Desplazamientos en el espacio (América / Europa) y en el tiempo; enmascaramientos en
personajes y cuadros. El protagonista de estos viajes (múltiples) es un extraño que
hurga en el tiempo. De ahí que se detenga en determinadas situaciones para dar testimonio
de sus remembranzas. Se trata de una lírica que opera mediante la recolección de
fragmentos de una realidad pasada. La recomposición se realiza por conminación, del
mismo modo que las definiciones de Líneas nacen de una voluntad ingeniosa. Suma de
imágenes. Sólo que un verso alejandrino arrastra al otro y al otro y así: "Llevo
ese barrio en mí como se lleva un sueño, / siento el aroma espeso de las carpinterías /
donde cambia el destino de los árboles. / Un cercado de guaduas, al final de la calle, /
protegía un país de negros taciturnos, / de ancianas que fumaban en los atardeceres, /
de jóvenes rufianes sigilosos y obscenos" (Barrio). Fijación que detiene el
desplazamiento; estatismo que, de alguna manera, se da la mano con una noción
contemplativa de la historia. El viajero anota el mundo como lo ordenan sus percepciones.
Exactitud en el dominio del verso y, más aún, de la cadencia, mientras el tiempo fluye
en imágenes. Pero esta impecable y diáfana poesía, ¿en qué momento soltará la
lengua? Como las estatuas que pueblan estos versos, las estrofas reiteran sus recursos y
se vuelven monotemáticas. La erudición persigue ser justificada en las Notas finales.
Por ejemplo: la expresión "los tres hombres últimos" es utilizada por
Borges. Bien, y qué. No sólo pudo ser utilizada por Borges sino por cualquier hijo de
vecino. El problema es mayor: aclarar la procedencia de las citas no es una garantía de
vacuna poética. ¿Qué pasa entonces con las frases que no vienen directamente de Borges
pero suenan a Borges? ¿Qué pasa con los poemas que parecen de Borges pero que un lector
astuto comprende que no pudieron ser escritos por Borges? La erudición debe provenir de
una previa destrucción e inmediata reconstrucción de lenguajes (ejemplo típico: La
tierra baldía de Eliot). Para decirlo de otra manera: el poeta erige una estatua con
los restos de la anterior; en ese proceso de recreación se le ocurre utilizar un ojo de
la estatua destruida, o una oreja, o el dedo meñique. La vaina se complica cuando alguien
erige arbitrariamente una estatua nueva empleando todos los restos de la anterior, sólo
que ahora el ojo derecho está a la izquierda, el labio inferior arriba, el dedo gordo del
pie en una mano... Y para garantizar que la estatua no se caiga de bruces, el autor se
apropia del seguro pedestal que, en este caso, son los alejandrinos y endecasílabos.
Veamos algunas frases cuya paternidad asume el autor. Y ojo, que en poesía la paternidad
del lenguaje no existe. El que roba mejor es el que gana, diríamos, siempre y cuando no
se pretenda solapear una destreza verbal basada en la reunión de voces ajenas con una
pretensión de erudición salpicada. "Cae otra vez la equívoca tarde de Paul
Verlaine". "El tiempo, que transforma todo en magia y leyenda, / va amonedando
en oro esos largos veranos, / da al barrio y sus pobrezas condición de milagro".
"Sé que no puedo ser ese hombre que me mira, / sé que a él no lo alcanzan el temor
ni la idea". ¿No hay un tufillo borgesiano a pesar de que no provienen directamente
de obras de Georgie? O en estos versos: "Carlos está de pie, mira al oriente, / no
ve que a sus espaldas / Suecia le dice adiós, tiemblan las trenzas doradas, / le dice
adiós la guerra". ¿No nos recuerdan a Antonio que deja Itaca para llevarla dentro
de sí?
Las pesquisas no conducen a ningún lado. Pero son fascinantes, ¿verdad? Ante un libro
como Hilo de arena es prudente desvelar primero las contradicciones internas: entre
el prólogo y los poemas, entre éstos y las notas al final, entre el "buen
gusto" o "buen tono" de los ejercicios (como los llama W. O.) y los
espeluznantes dibujos que las arañan. Sólo así no resulta atrevido señalar que los
poemas de Ospina muerden su propia carnada. El pez por la boca, ya se sabe.
EDGAR OHARA