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Una imagen vale por mil palabras? ¿Cuánto valen las fotografías para el
historiador? Siempre las he buscado, y sigo buscándolas como adicto, intentando encontrar
novedad en lo viejo, por esa curiosa característica de las imágenes conocidas: su
susceptibilidad al desgaste. Siempre me ha sido un placer y una necesidad visualizar. Soy
de los infantiles que prefieren, por ejemplo, hacer historia económica en medio de
fotografías de tiendas, de muías o aun de viejas sucursales de banco, como al novelista
Robert Graves le gustó escribir sobre épocas pasadas con las monedas del período
histórico sobre la mesa.
Para la historia
política de Colombia no faltan fotografías, lo que no debe sorprender. Para una
actividad vanidosa casi por definición, la máquina de retratar vino de inmediato a mano,
como se destacó en la gran exposición bogotana de 1983, recogida en el libro Historia de
la fotografía en Colombia, de Eduardo Serrano y sus colaboradores, esfuerzo que tanto
ayudó a valorar las fotos viejas y a promover otras colecciones. Hay retratos
fotográficos de todos los presidentes de la República, menos del general Santander, y
por los años sesenta del siglo pasado entró en auge la fotografía con fines políticos:
los retratos corte de visite (tarjeta de visita), cualquier político que se respetara
había de hacérselos. Yo los he adquirido con fruición: tengo a Tomás Cipriano de
Mosquera en Bogotá, en Nueva York, en Lima -siempre debió mantener un buen surtido-;
tengo Rojas Garrido, filósofo y orador, y Ezequiel Rojas, filósofo y agiotista, varias
veces repetidos; tengo a Uribe Uribe, al Negro Robles y al Negro general Delgado, de
militar y de civil; Ambrosio López, Gaitán Obeso, Julio Arboleda, Jorge Isaacs, Jorge
Holguín y Rafael Núñez; tengo también mosaicos en miniatura de conspiradores, y de
periodistas con el trasfondo en miniatura de sus periódicos.
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Aunque la
tarjeta de visita es la fotografía con fin político más común, hay otras. La foto del
general Mosquera preso en el observatorio jugando ajedrez con su valet fue tomada para
mostrar su tranquilidad republicana en ese trance y, desde luego, fue distribuida a sus
partidarios. Existe una serie del ahorcamiento de Pedro Prestan en Colón, 1885, tomada
tal vez con fines diplomático-políticos, a órdenes del general Rafael Reyes. Cuando
presidente, este infatigable político se mostró gran aficionado de la Kodak
publicitaria; basta observar la colección tomada por su escolta e inspector de policía,
general Pedro A. Pedraza, publicada en el libro Excursiones presidenciales: aparece Reyes
en las bananeras del Magdalena, Reyes con los caciques guajiros. Reyes ante una gran
manifestación, así sea sólo una manifestación, en Ambalema, etcétera. El siglo
avanza, y los fotógrafos aprenden el arte de hacer que cualquier manifestación parezca
grande o pequeña, según convenga. ¡Cuidado!, entonces la máquina no es solo máquina,
detrás hay un ojo y un cerebro humano que selecciona, que interpreta. Con esta
advertencia, aquí sólo quiero recordar y presentar media docena de fotografías, o de
series de fotografías que han quedado en mi memoria, que tienen dimensiones y aun
ambigüedades políticas, y que me han hecho pensar más de una vez...
Primero, por su
gran rareza y su humor, he de mencionar la serie publicada por El Gráfico en 1910,
sobre la participación del clero en las elecciones bogotanas. Las actividades del
fotógrafo -liberal, por supuesto- excitaron el resentimiento de los curas y de las
beatas. El juego de figuras negras gesticulando por las calles acompaña perfectamente un
texto poco respetuoso, y el conjunto le recuerda a uno las olvidadas delicias del
anticlericalismo.
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Homenaje a
Gaitán en el Parque Berrío, Medellín, 1940. Panorámica de Jorge Obando.
Colección Oscar Jaime Obando, Medellín.
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Segundo, un
ejemplo no tan directamente político, la extraordinaria serie de tarjetas para los
cigarrillos «Hidalgos» de Medellín, los Niños antioqueños, de alrededor de 1910. En
cada paquete, el fumador de entonces encontraba una foto de un niñito bien, de la alta
sociedad, bellamente encerrado en un marco floral. Cigarrillos «La Legitimidad», más o
menos por la misma época, ofrecía políticos y generales del país y aunque no sería
aconsejable, hoy cuando el fumador sólo recibe consejos para dejar de fumar, intentar
aumentar las ventas con semejante galería, por lo menos es posible imaginar que en esa
primera década hubo cierta disposición a coleccionar incluso a Marroquín y a
Sanclemente. La sociedad que se distraía pegando en el álbum a la pequeña Dolly
Betancur, al chiquitín Federico Vásquez U. o a los hermanitos Hernán y Olga Lalinde,
está tan muerta, que cuesta el mayor esfuerzo reconocer que sí existió, y que bajo
ciertos aspectos políticos, de creencias y de prácticas, de la lucha de clases, por
ejemplo, fue de tan extraordinaria inocencia.
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Banquete en homenaje al presidente
Eduardo Santos en el Teatro Colón, 1938. Panorámica de Jorge Obando, 19.2 X 50cm.
Colección Oscar Jaime Obando, Medellin
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Distinto, pero no exento de inocencia, es el tercer ejemplo: Manuel Quintín Lame,
detenido en Popayán por el subcomisario Leonardo Ramírez (alias «Cacanegra»),el 10 de
junio de 1916, publicado por su propietario Diego Castrillón Arboleda en su biografía de
Lame. ¡De qué extraordinaria manera se vive en la foto ese pequeño o grande momento
histórico, aun por el perro! ¡Cómo están de orgullosos, rodeando al preso, el
subcomisario y su gente! ¡ Y cómo domina al grupo Quintín Lame, con tabaco, sentado,
con su hermano y secretario a su lado y con dos ayudantes a sus pies! Menos alegre, otra
foto tomada un año después, en la que Quintín Lame aparece de pie, golpeado el rostro,
y con grillos, y más formal su vestido en otra de los años veinte, en grupo con Ignacio
Torres Giraldo, Erasmo Valencia y otros líderes de izquierda (esta última no deja de ser
un grupo muy interesante, que proyecta la grande y necesaria respetabilidad de la
izquierda de ese entonces). La foto de 1916 es una foto de un momento político: Popayán
estaba defendiéndose de un antagonista temible, pero no fusilable. Hubo reglas en ese
juego: si no, no hubiese existido esta foto.
Para los años
veinte, dudo en escoger entre el gabinete de Marco Fidel Suárez -entre otras cosas,
protector de Quintín Lame-, dando muestras del buen vestir en medio de un prado
boyacence, y la serie sobre los funerales del general Benjamín Herrera, que muestran al
pueblo liberal desfilando en gran número por la calle -un pueblo de alpargatas, camisa
sin corbata, ruana y sombrero de paja-, sin olvidar los monumentos masónicos de su
entierro. Otro pueblo desaparecido, de artesanos, y en su aspecto masónico, el recuerdo
de un elemento de solidaridad liberal, hoy mitológico.
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Eclesiástico en las elecciones.
«El Gráfico», junio de 1910.
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Los funerales de Herrera, mejor
atendidos que los de Núñez en Cartagena -hay fotos de ellos también-, no tienen aspecto
de movilización masiva. El mejor fotógrafo de grandes manifestaciones ha sido tal vez
Jorge Obando, de Medellín. Recuerdo su plaza de Berrío llena con la manifestación
antiperuana de 1932, o su recibimiento de Darío Echandía. Pero más curioso es su
bellísimo panorama de la visita de Jorge Eliécer Gaitán a Medellín como ministro de
educación en 1940, en tiempos en que todavía un ministro de educación merecía un
homenaje. ¿Eran ese orden, limpieza, formalidad, dignidad y sentido de ocasión una mera
ilusión, mera fachada, o más bien la imagen de una hegemonía cultural que se quebrantó
en parte con la carrera subsiguiente del homenajeado? Contemplándolo, es difícil de
todos modos no sentir algo de nostalgia burguesa y no ponderar los muchos factores que han
hecho imposible tal panorama hoy. Cada cual tendrá su listado: crisis de valores,
urbanización rápida y masiva, llegada de las nociones de subdesarrollo y de tercer mundo
(tan ausentes de la foto), droga, sicariato, fútbol, rock...
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Manuel Quintín
Lame, con algunos de sus compañeros, detenido por el subcomisionario Leonardo
Ramírez, Popayán, junio 10 de 1916. Colección Diego Castrillón Arboleda, Popayán.
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Miremos a otro
lado de ese mundo perdido, otra panorámica de Obando, el banquete en homenaje al
presidente Eduardo Santos en el Teatro Colón, 1938. Si no son oligarcas, están dando una
magnífica representación teatral de oligarquía. Han quitado todas las sillas del
auditorio para poner las mesas. Las damas distinguidas, segregadas en los palcos de
arriba, parece que van a comer en otra parte. Todos los hombres, menos un intruso de
extrema izquierda, aparecen con corbata blanca. Reina un orden perfecto. Nadie fuma.
¿Qué significa una vida pública llevada así, con banquetes rituales de altísima
formalidad? En las colecciones de fotografías de provincia -las de Pasto y de
Bucaramanga, por ejemplo- y en las memorias de ciertos políticos de provincia, consta que
tal estilo de recepción no fue exclusivo de Bogotá, y el fenómeno es universal: los
abuelos fueron más formales. Esa vieja burguesía tal vez en ciertos sentidos fue menos
consumista que sus herederos, pero en la indumentaria y en el arreglo de las ocasiones fue
mucho más complicada: llevaba sus cigarrillos en pitilleras, por ejemplo, y no en
cajetillas. Hizo política en banquetes con placement, no en la lucha libre del
Salón Rojo del Tequendama.
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Manuel Quintín
Lame y los líderes sindicales Isamael Gómez Alvarez, Ignacio Torres Giraldo,
Juan de Dios Romero, Erasmo Valencia y Luis A. Bolívar, ca, 1927.
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¿Conclusiones?
Es posible que hubiera más «oligarquía» en ese tiempo. Puede ser que, aún más que en
décadas anteriores, los jefes naturales ejercieran una mayor autoridad, incluso hasta
poder excluir a los indeseables de sus banquetes, y que mandaran sacar las fotos de sus
imponentes reuniones para mostrarlo. Puede ser también que a más gente le pareciera la
política algo central en la vida, algo que merecía el sacrificio de ponerse la corbata
blanca y no fumar. ¿Aspiraba más, o esperaba más? ¿Qué hemos perdido y qué hemos
ganado con nuestra universal informalidad?
Al principio, a
la primera mirada, la vieja fotografía nos promete una entrada plena, inmediata,
verídica, al pasado. Pero no es así, porque nos traslada a mundos que entendemos a
medias, que la estática y silenciosa toma de una fracción de segundo no puede plenamente
exponer ni explicar. Suscita y extiende la curiosidad, pero no la satisface.
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Pepa Mora B. De
la serie "Niños antioqueños", No 100. Fotografía de Aristides Ariza,
ca. 1910.
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