Ficha bibliográfica
Titulo:
Fotografía y política
Edición original: 2005-06-01
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-01
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Deas Malcom

 

Revista Credencial Historia


EDICIÓN 75 - MARZO 1996



 

FOTOGRAFÍA Y POLITICA

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 75
Marzo de 1996

 

 
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Tomás Cipriano de Mosquera y Francisco Montenegro en el Observatorio de Bogotá, 1867. Fotografía de José Gregorio Gutiérrez Ponce.




  Una imagen vale por mil palabras? ¿Cuánto valen las fotografías para el historiador? Siempre las he buscado, y sigo buscándolas como adicto, intentando encontrar novedad en lo viejo, por esa curiosa característica de las imágenes conocidas: su susceptibilidad al desgaste. Siempre me ha sido un placer y una necesidad visualizar. Soy de los infantiles que prefieren, por ejemplo, hacer historia económica en medio de fotografías de tiendas, de muías o aun de viejas sucursales de banco, como al novelista Robert Graves le gustó escribir sobre épocas pasadas con las monedas del período histórico sobre la mesa.

  Para la historia política de Colombia no faltan fotografías, lo que no debe sorprender. Para una actividad vanidosa casi por definición, la máquina de retratar vino de inmediato a mano, como se destacó en la gran exposición bogotana de 1983, recogida en el libro Historia de la fotografía en Colombia, de Eduardo Serrano y sus colaboradores, esfuerzo que tanto ayudó a valorar las fotos viejas y a promover otras colecciones. Hay retratos fotográficos de todos los presidentes de la República, menos del general Santander, y por los años sesenta del siglo pasado entró en auge la fotografía con fines políticos: los retratos corte de visite (tarjeta de visita), cualquier político que se respetara había de hacérselos. Yo los he adquirido con fruición: tengo a Tomás Cipriano de Mosquera en Bogotá, en Nueva York, en Lima -siempre debió mantener un buen surtido-; tengo Rojas Garrido, filósofo y orador, y Ezequiel Rojas, filósofo y agiotista, varias veces repetidos; tengo a Uribe Uribe, al Negro Robles y al Negro general Delgado, de militar y de civil; Ambrosio López, Gaitán Obeso, Julio Arboleda, Jorge Isaacs, Jorge Holguín y Rafael Núñez; tengo también mosaicos en miniatura de conspiradores, y de periodistas con el trasfondo en miniatura de sus periódicos.

 

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Funerales de Benjamín Herrera. «El Gráfico», marzo 8 de 1924.



  Aunque la tarjeta de visita es la fotografía con fin político más común, hay otras. La foto del general Mosquera preso en el observatorio jugando ajedrez con su valet fue tomada para mostrar su tranquilidad republicana en ese trance y, desde luego, fue distribuida a sus partidarios. Existe una serie del ahorcamiento de Pedro Prestan en Colón, 1885, tomada tal vez con fines diplomático-políticos, a órdenes del general Rafael Reyes. Cuando presidente, este infatigable político se mostró gran aficionado de la Kodak publicitaria; basta observar la colección tomada por su escolta e inspector de policía, general Pedro A. Pedraza, publicada en el libro Excursiones presidenciales: aparece Reyes en las bananeras del Magdalena, Reyes con los caciques guajiros. Reyes ante una gran manifestación, así sea sólo una manifestación, en Ambalema, etcétera. El siglo avanza, y los fotógrafos aprenden el arte de hacer que cualquier manifestación parezca grande o pequeña, según convenga. ¡Cuidado!, entonces la máquina no es solo máquina, detrás hay un ojo y un cerebro humano que selecciona, que interpreta. Con esta advertencia, aquí sólo quiero recordar y presentar media docena de fotografías, o de series de fotografías que han quedado en mi memoria, que tienen dimensiones y aun ambigüedades políticas, y que me han hecho pensar más de una vez...

  Primero, por su gran rareza y su humor, he de mencionar la serie publicada por El Gráfico en 1910, sobre la participación del clero en las elecciones bogotanas. Las actividades del fotógrafo -liberal, por supuesto- excitaron el resentimiento de los curas y de las beatas. El juego de figuras negras gesticulando por las calles acompaña perfectamente un texto poco respetuoso, y el conjunto le recuerda a uno las olvidadas delicias del anticlericalismo.

 

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Homenaje a Gaitán en el Parque Berrío, Medellín, 1940. Panorámica de Jorge Obando. Colección Oscar Jaime Obando, Medellín.


 

  Segundo, un ejemplo no tan directamente político, la extraordinaria serie de tarjetas para los cigarrillos «Hidalgos» de Medellín, los Niños antioqueños, de alrededor de 1910. En cada paquete, el fumador de entonces encontraba una foto de un niñito bien, de la alta sociedad, bellamente encerrado en un marco floral. Cigarrillos «La Legitimidad», más o menos por la misma época, ofrecía políticos y generales del país y aunque no sería aconsejable, hoy cuando el fumador sólo recibe consejos para dejar de fumar, intentar aumentar las ventas con semejante galería, por lo menos es posible imaginar que en esa primera década hubo cierta disposición a coleccionar incluso a Marroquín y a Sanclemente. La sociedad que se distraía pegando en el álbum a la pequeña Dolly Betancur, al chiquitín Federico Vásquez U. o a los hermanitos Hernán y Olga Lalinde, está tan muerta, que cuesta el mayor esfuerzo reconocer que sí existió, y que bajo ciertos aspectos políticos, de creencias y de prácticas, de la lucha de clases, por ejemplo, fue de tan extraordinaria inocencia.

 

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Banquete en homenaje al presidente Eduardo Santos en el Teatro Colón, 1938. Panorámica de Jorge Obando, 19.2 X 50cm. Colección Oscar Jaime Obando, Medellin

 




  Distinto, pero no exento de inocencia, es el tercer ejemplo: Manuel Quintín Lame, detenido en Popayán por el subcomisario Leonardo Ramírez (alias «Cacanegra»),el 10 de junio de 1916, publicado por su propietario Diego Castrillón Arboleda en su biografía de Lame. ¡De qué extraordinaria manera se vive en la foto ese pequeño o grande momento histórico, aun por el perro! ¡Cómo están de orgullosos, rodeando al preso, el subcomisario y su gente! ¡ Y cómo domina al grupo Quintín Lame, con tabaco, sentado, con su hermano y secretario a su lado y con dos ayudantes a sus pies! Menos alegre, otra foto tomada un año después, en la que Quintín Lame aparece de pie, golpeado el rostro, y con grillos, y más formal su vestido en otra de los años veinte, en grupo con Ignacio Torres Giraldo, Erasmo Valencia y otros líderes de izquierda (esta última no deja de ser un grupo muy interesante, que proyecta la grande y necesaria respetabilidad de la izquierda de ese entonces). La foto de 1916 es una foto de un momento político: Popayán estaba defendiéndose de un antagonista temible, pero no fusilable. Hubo reglas en ese juego: si no, no hubiese existido esta foto.

  Para los años veinte, dudo en escoger entre el gabinete de Marco Fidel Suárez -entre otras cosas, protector de Quintín Lame-, dando muestras del buen vestir en medio de un prado boyacence, y la serie sobre los funerales del general Benjamín Herrera, que muestran al pueblo liberal desfilando en gran número por la calle -un pueblo de alpargatas, camisa sin corbata, ruana y sombrero de paja-, sin olvidar los monumentos masónicos de su entierro. Otro pueblo desaparecido, de artesanos, y en su aspecto masónico, el recuerdo de un elemento de solidaridad liberal, hoy mitológico.

 

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Eclesiástico en las elecciones. «El Gráfico», junio de 1910.



  Los funerales de Herrera, mejor atendidos que los de Núñez en Cartagena -hay fotos de ellos también-, no tienen aspecto de movilización masiva. El mejor fotógrafo de grandes manifestaciones ha sido tal vez Jorge Obando, de Medellín. Recuerdo su plaza de Berrío llena con la manifestación antiperuana de 1932, o su recibimiento de Darío Echandía. Pero más curioso es su bellísimo panorama de la visita de Jorge Eliécer Gaitán a Medellín como ministro de educación en 1940, en tiempos en que todavía un ministro de educación merecía un homenaje. ¿Eran ese orden, limpieza, formalidad, dignidad y sentido de ocasión una mera ilusión, mera fachada, o más bien la imagen de una hegemonía cultural que se quebrantó en parte con la carrera subsiguiente del homenajeado? Contemplándolo, es difícil de todos modos no sentir algo de nostalgia burguesa y no ponderar los muchos factores que han hecho imposible tal panorama hoy. Cada cual tendrá su listado: crisis de valores, urbanización rápida y masiva, llegada de las nociones de subdesarrollo y de tercer mundo (tan ausentes de la foto), droga, sicariato, fútbol, rock...

 

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Manuel Quintín Lame, con algunos de sus compañeros, detenido por el subcomisionario Leonardo Ramírez, Popayán, junio 10 de 1916. Colección Diego Castrillón Arboleda, Popayán.


 

  Miremos a otro lado de ese mundo perdido, otra panorámica de Obando, el banquete en homenaje al presidente Eduardo Santos en el Teatro Colón, 1938. Si no son oligarcas, están dando una magnífica representación teatral de oligarquía. Han quitado todas las sillas del auditorio para poner las mesas. Las damas distinguidas, segregadas en los palcos de arriba, parece que van a comer en otra parte. Todos los hombres, menos un intruso de extrema izquierda, aparecen con corbata blanca. Reina un orden perfecto. Nadie fuma. ¿Qué significa una vida pública llevada así, con banquetes rituales de altísima formalidad? En las colecciones de fotografías de provincia -las de Pasto y de Bucaramanga, por ejemplo- y en las memorias de ciertos políticos de provincia, consta que tal estilo de recepción no fue exclusivo de Bogotá, y el fenómeno es universal: los abuelos fueron más formales. Esa vieja burguesía tal vez en ciertos sentidos fue menos consumista que sus herederos, pero en la indumentaria y en el arreglo de las ocasiones fue mucho más complicada: llevaba sus cigarrillos en pitilleras, por ejemplo, y no en cajetillas. Hizo política en banquetes con placement, no en la lucha libre del Salón Rojo del Tequendama.

 

 

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Manuel Quintín Lame y los líderes sindicales Isamael Gómez Alvarez, Ignacio Torres Giraldo, Juan de Dios Romero, Erasmo Valencia y Luis A. Bolívar, ca, 1927.


 

  ¿Conclusiones? Es posible que hubiera más «oligarquía» en ese tiempo. Puede ser que, aún más que en décadas anteriores, los jefes naturales ejercieran una mayor autoridad, incluso hasta poder excluir a los indeseables de sus banquetes, y que mandaran sacar las fotos de sus imponentes reuniones para mostrarlo. Puede ser también que a más gente le pareciera la política algo central en la vida, algo que merecía el sacrificio de ponerse la corbata blanca y no fumar. ¿Aspiraba más, o esperaba más? ¿Qué hemos perdido y qué hemos ganado con nuestra universal informalidad?

  Al principio, a la primera mirada, la vieja fotografía nos promete una entrada plena, inmediata, verídica, al pasado. Pero no es así, porque nos traslada a mundos que entendemos a medias, que la estática y silenciosa toma de una fracción de segundo no puede plenamente exponer ni explicar. Suscita y extiende la curiosidad, pero no la satisface.

 

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Pepa Mora B. De la serie "Niños antioqueños", No 100. Fotografía de Aristides Ariza, ca. 1910.